Don Juan
Don Juan No es agradable para nadie encontrarse en presencia de la muerte, y así, tanto los marineros como el pasaje, se dedicaron a desvanecer sus temores, unos bebiendo y otros rezando a gritos y pidiendo al cielo benevolencia. El viento no cesaba de silbar, y las olas, embravecidas, mezclaban su trágica y ronca armonía a las tristes súplicas de los que rezaban. El miedo puso término repentino a las angustias de los que se sentían marcados, y los gemidos, las blasfemias, las piadosas exclamaciones, resonaban en medio del Océano. Acaso el único que supo manifestar una presencia de espíritu, superior a su edad, fue nuestro héroe. Armado de un par de pistolas, corrió decidido a ponerse delante de la puerta del cuarto en el que se guardaban las bebidas, consiguiendo con ello que toda la marinería conservase, en cierto modo, la calma… ¡Conforme avanzaba el día, parecía calmarse la tormenta. Es cierto que el barco se hallaba sin arboladura; que la entrada del agua en la sentina aumentaba gradualmente; que bajos peligrosos roncaban la embarcación, y que ninguna costa se descubría próxima. Pero, al fin y al cabo, el buque aún se sostenía sobre las aguas. Durante unos momentos, la esperanza renació entre los desdichados viajeros, pero la verdad es que el navío flotaba a la deriva, sin que fuera posible gobernarlo.