Don Juan
Don Juan Auxiliado por otra joven, aunque menos hermosa que ella y de facciones no tan delicadas, la primera transportó a don Juan al interior de la gruta y encendió fuego. Cuando las llamas extendieron una brillante claridad bajo las bóvedas desconocidas por los rayos del sol, la primera de aquellas muchachas se manifestó en todo el noble y hermoso resplandor de su belleza. Su estatura era más bien alta para una mujer, y en su fisonomÃa y actitudes se advertÃa un cierto aire de autoridad incomparable. Su frente estaba adornada con alhajas de oro que brillaban sobre el ébano de su cabellera, la cual descendÃa en suaves bucles casi hasta sus pies. Sus ojos, todavÃa más negros que sus cabellos, parecÃan ocultarse tras la sombra de largas y hermosÃsimas pestañas. He aquà los ojos que causan las heridas más profundas; las miradas repentinas que dejan escapar atraviesan nuestro corazón más fácilmente que una flecha arrojada por una diestra mano. Del mismo modo, una serpiente extiende de repente sus largos anillos, escondida bajo la hierba, y nos hace sentir a un mismo tiempo su fuerza y su veneno. La frente de la joven tenÃa la blancura de la nieve, y los colores de sus mejillas recordaban esas luces de la tarde que el sol, al desaparecer en horizonte, tiñe de un dulce tono rosa. Sus labios de coral… ¡labios hechiceros que nos costáis tantos suspiros…! hubieran podido servir de modelo entre todos los labios de mujer de la tierra… Tal era la "señora de la gruta". Sus vestidos estaban hechos de un finÃsimo tejido y el oro y las piedras preciosas brillaban con profusión en sus manos, entre los encajes, en su cintura. Sus piernas se lucÃan desnudas y sus pequeños pies, blancos como la nieve, se hallaban encerrados en unos zapatos de linda piel salpicada de diamantes…