La sociedad del cansancio
La sociedad del cansancio El cansancio que caracteriza al sujeto de rendimiento no es simplemente físico. Es un colapso del alma. Un agotamiento que no nace del esfuerzo contra otros, sino de la lucha consigo mismo. El imperativo del rendimiento no admite descanso, no tolera la pausa ni el fracaso. Ante la imposibilidad de sostener este ritmo, el yo se fragmenta, se acusa, se castiga. La depresión no es una carencia de energía, sino una caída en el abismo de la exigencia: se ha fracasado en ser uno mismo.
No se trata, como se ha dicho erróneamente, de un exceso de responsabilidad individual o de autonomía. La verdadera causa del colapso es la presión ininterrumpida de tener que rendir. De tener que convertirse en un proyecto constante, en una empresa en marcha, siempre abierta, siempre optimizable. El alma se quema no por las condiciones exteriores, sino por la incandescencia interior de un yo que no se permite fallar, ni detenerse, ni ser simplemente.
La depresión es el signo patológico de esta mutación del poder. No se impone por medio de la prohibición, sino por la optimización. La represión ha sido reemplazada por el rendimiento, la autoridad por la autoexigencia. La violencia, antes externa y visible, es ahora invisible e interna. En esta lógica, el "no poder más" se transforma en una acusación contra uno mismo: ¿por qué no lograste? ¿por qué no diste más? El fracaso no tiene causa externa. La culpa es personal.