La gaviota
La gaviota A pocos pasos de allà descubrió Stein un objeto que le sorprendió mucho. Era una especie de jardÃn subterráneo, de los que llaman en AndalucÃa navazos. Fórmanse estos excavando la tierra hasta cierta profundidad y cultivando el fondo con esmero. Un cañaveral de espeso y fresco follaje circundaba aquel enterrado huerto, dando consistencia a los planos perpendiculares que le rodeaban con su fibrosa raigambre y preservándolo con sus copiosos y elevados tallos contra las irrupciones de la arena. En aquella hondura, no obstante la proximidad de la mar, la tierra produce sin necesidad de riego abundantes y bien sazonadas legumbres; porque el agua del mar, filtrándose por espesas capas de arenas, se despoja de su acritud y llega a las plantas adaptable para su alimentación. Las sandÃas de los navazos, en particular, son exquisitas, y algunas de ellas de tales dimensiones que bastan dos para la carga de una caballerÃa mayor.
—¡Vaya si está hermoso el navazo del tÃo Pedro! —dijo la tÃa MarÃa—. No parece sino que lo riega con agua bendita. El pobrecito siempre está trabajando; pero bien le luce. Apuesto a que coge hogaño tomates como naranjas y sandÃas como ruedas de molino.
—Mejores han de ser —repuso Momo— las que acá cojamos en el cojumbral de la orilla del rÃo.