La gaviota
La gaviota —Vamos, tÃo Pedro —siguió la tÃa MarÃa, cuyas lágrimas corrÃan hilo a hilo por sus mejillas, al ver el desconsuelo del pobre padre—; ¡un hombre como usted, tamaño como un templo, con un aquel que parece que se va a comer los niños crudos, se amilana asà sin razón! ¡Vaya! ¡Ya veo que es usted todo fachada!
—¡TÃa MarÃa! —respondió en voz apagada el pescador—, ¡con esta serán cinco hijos enterrados!
—¡Señor!, ¿y por qué se ha de descorazonar usted de esta manera? Acuérdese usted del santo de su nombre, que se hundió en la mar cuando le faltó la fe que le sostenÃa. Le digo a usted que con el favor de Dios, don Federico curará a la niña en un decir Jesús.
El tÃo Pedro meneó tristemente la cabeza.
—¡Qué cabezones son estos catalanes! —dijo la tÃa MarÃa con viveza, y pasando por delante del pescador, se acercó a la enferma y añadió:
—Vamos, Marisalada, vamos, levántate, hija, para que este señor pueda examinarte.
Marisalada no se movió.
—Vamos, criatura —repitió la buena mujer—; verás cómo te va a curar como por ensalmo.
Diciendo estas palabras, cogió por un brazo a la niña, procurando levantarla.
—¡No me da la gana! —dijo la enferma, desprendiéndose de la mano que la retenÃa, con una fuerte sacudida.