La gaviota

La gaviota

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«Hijo —exclamó—, ¿quién te ha metido en la cabeza semejante desatino? Tu padre no salió jamás de su tierra, y ha sido la honra de su casta. ¿Dónde encontrarás un corral como el que tienes? ¿Dónde un montón de estiércol más soberbio? ¿Un alimento más sano y abundante, un gallinero tan abrigado cerca del andén, una familia que más te quiera?»

«Nego —dijo Medio-pollito en latín, pues la echaba de leído y escribido—, mis hermanos y mis primos son unos ignorantes y unos palurdos».

«Pero hijo mío —repuso la madre—, ¿no te has mirado al espejo? ¿No te ves con una pata y con un ojo de menos?»

«Ya que me sale usted por ese registro —replicó Medio-pollito—, diré que debía usted caerse muerta de vergüenza al verme en este estado. Usted tiene la culpa, y nadie más. ¿De qué huevo he salido yo al mundo? ¿A que fue del de un gallo viejo[12]?».

«No, hijo mío —dijo la madre—; de esos huevos no salen más que basiliscos. Naciste del último huevo que yo puse; y saliste débil e imperfecto, porque aquel era el último de la overa. No ha sido, por cierto, culpa mía».

«Puede ser —dijo Medio-pollito con la cresta encendida como la grama—, puede ser que encuentre un cirujano diestro que me ponga los miembros que me faltan. Conque, no hay remedio; me marcho».


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