La gaviota
La gaviota «Querido Medio-pollito —le dijo—, en este mundo todos tenemos necesidad unos de otros. Acércate y mÃrame. ¿Ves cómo me ha puesto el calor del estÃo; a mÃ, tan fuerte, tan poderoso; a mÃ, que levanto las olas, que arraso los campos, que no hallo resistencia a mi empuje? Este dÃa de canÃcula me ha matado; me dormà embriagado con la fragancia de las flores con que jugaba, y aquà me tienes desfallecido. Si tú quisieras levantarme dos dedos del suelo con el pico y abanicarme con tu ala, con esto tendrÃa bastante para tomar vuelo y dirigirme a mi caverna, donde mi madre y mis hermanas, las tormentas, se emplean en remendar unas nubes viejas que yo desgarré. Allà me darán unas sopitas y cobraré nuevos brÃos».
«Caballero —respondió el malvado pollito—: Hartas veces se ha divertido usted conmigo, empujándome por detrás y abriéndome la cola, a guisa de abanico, para que se mofaran de mà todos los que me veÃan. No, amigo; a cada puerco le llega su San MartÃn; y a más ver, señor farsante».
—Esto dijo, cantó tres veces con voz clara, y pavoneándose muy hueco, siguió su camino.
En medio de un campo segado, al que habÃan pegado fuego los labradores, se alzaba una columnita de humo. Medio-pollito se acercó y vio una chispa diminuta, que se iba apagando por instantes entre las cenizas.