La gaviota

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—Se quisiera usted volver todo orejas —dijo la tía María, que había entrado en el cuarto sin que él lo hubiese echado de ver—. ¿No le he dicho a usted que es un canario sin jaula? Ya verá usted.

Y con esto se salió al patio y dijo a Marisalada que cantase una canción.

Esta, con su acostumbrado desabrimiento, se negó a ello.

En este momento entró Momo mal engestado, precedido de Golondrina cargada de picón.

Traía las manos y el rostro tiznados y negros como la tinta.

—¡El rey Melchor! —gritó al verlo Marisalada.

—¡El rey Melchor! —repitieron los niños.

—Si yo no tuviera más que hacer —respondió Momo rabioso— que cantar y brincar como tú, grandísima holgazana, no estaría tiznado de pies a cabeza. Por fortuna don Federico te ha prohibido cantar; y con esto no me mortificarás las orejas.

La respuesta de Marisalada fue entonar a trapo tendido una canción.


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