La gaviota
La gaviota —La gente moza, don Modesto, la gente moza; y si no fuera por eso, se acabarÃa el mundo. Pero el caso es que es preciso darles a estos un espolazo, porque esa gente de por allá arriba quiéreme parecer que se andan con gran pachorra, pues dos años ha que nuestro hombre está queriendo a su ruiseñor, como él la llama, que eso salta a la cara; y estoy para mÃ, que no le ha dicho buenos ojos tienes. Usted que es hombre que supone, un señor considerable, y que don Federico le aprecia tanto, deberÃa usted darle una puntadilla sobre el asunto, un buen consejo, en bien de ellos y de todos nosotros.
—Dispénseme usted, tÃa MarÃa —respondió don Modesto—, pero Ramón Pérez está por medio; es amigo y no quiero hacerle mal tercio; me afeita por mi buena cara, e ir asà contra sus intereses, serÃa una mala partida. Tiene mucha pena en ver que Marisalada no le quiere y se ha puesto amarillo y delgado que es un dolor. El otro dÃa dijo que si no se casaba con Marisalada, romperÃa su guitarra, y ya no podÃa meterse fraile, se meterÃa a faccioso. Ya ve usted, tÃa MarÃa, que de todas maneras me comprometo, metiéndome en ese asunto.