La gaviota
La gaviota —¿Y tu jeta? —dijo MarÃa con una rabia, que esta vez no pudo contener—, ¿y tu jeta espantosa, que no ha llegado de oreja a oreja, porque tu cara es tan ancha que se cansó a medio camino?
Momo, en respuesta, cantó en tres tonos diferentes.
—¡Gaviota! ¡Gaviota! ¡Gaviota!
—¡Romo! ¡Romo! ¡Romo!, chato, nariz de rabadilla de pato —cantó MarÃa con su magnÃfica voz.
—¿Es posible, Mariquita —le dijo Stein—, que hagas caso de lo que dice Momo sólo por molerte? Son sus bromas tontas y groseras, pero sin malicia.
—Alguna de la que a él le sobra, le hace falta a usted, don Federico —respondió MarÃa—. Y para que usted lo sepa, no me da la gana de aguantar a ese zopenco, más rudo que un canto, más bronco que un escambrón y más áspero que un cuero sin curtir. AsÃ, me voy.
Diciendo esto, se salió la Gaviota y Stein la siguió.
—Eres un desvergonzado —dijo la tÃa MarÃa a su nieto—; tienes más hiel en tu corazón, que buena sangre en tus venas: ¡a las faldas se las respeta, ganso! Pero en todo el lugar hay otro más dÃscolo ni más desamoretado que tú.