La gaviota

La gaviota

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—Pues si eres como tu padre, nada más deseo, porque el buen tío Pedro —diré mi padre, María— tiene el corazón más amante que abrigó pecho humano. Corazones como el suyo sólo laten en los diáfanos pechos de los ángeles y en los de los hombres selectos.

«¡Selecto mi padre! —dijo para sí María, pudiendo apenas contener una sonrisa burlona—. ¡Anda con Dios!, más vale que así le parezca».

—Mira, María —dijo Stein acercándose a ella—; ofrezcamos a Dios nuestro amor puro y santo; prometámosle hacerlo grato con la fidelidad en el cumplimiento de todos los deberes que impone, cuando está consagrado en sus aras; y deja que te abrace como a mi mujer y a mi compañera.

—¡Eso no! —dijo María dando un rápido salto atrás y arrugando el entrecejo—, ¡a mí no me toca nadie!

—Bien está, mi bella esquiva —repuso Stein con dulzura—; respeto todas las delicadezas y me someto a todas tus voluntades. ¿No es acaso, como dice uno de vuestros antiguos y divinos poetas, la mayor de las felicidades la de obedecer amando?


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