La gaviota
La gaviota —Hacedlo asà —continuó el duque—, y diré que sois el primer cirujano del mundo.
Stein, sin alterarse, mandó llamar a Manuel, cuya fuerza y docilidad le eran conocidas, y de quien podÃa disponer con toda seguridad. Con su auxilio, empezó la cura, que fue ciertamente terrible; pero Stein parecÃa no hacer caso del dolor que padecÃa el enfermo, y que casi le embargaba el sentido. Al cabo de media hora, reposaba el duque, dolorido, pero sosegado. En lugar de muestras de desconfianza y recelo, Stein recibÃa de los amigos del personaje enhorabuenas cumplidas y pruebas de aprecio y admiración; y él, volviendo a su natural modesto y tÃmido, respondÃa a todos con cortesÃas. Pero quien se estaba bañando en agua rosada era la tÃa MarÃa.
—¿No lo decÃa yo? —repetÃa sin cesar a cada uno de los presentes—, ¿no lo decÃa yo?
Los amigos del duque, tranquilizados ya, a ruegos de este, se pusieron en camino de vuelta. El paciente habÃa exigido que le dejasen solo, bajo la tutela de su hábil doctor, su antiguo amigo, como le llamaba, y aun despidió a casi todos sus criados.