La gaviota
La gaviota Stein, aturdido y con el corazón apretado, habrÃa de buena gana preferido la fuga. Su timidez le detuvo. VeÃa que todos cuantos le rodeaban estaban contentos, alegres y animados, y no se atrevió a singularizarse.
La plaza estaba llena; doce mil personas formaban vastos cÃrculos concéntricos en su circuito. La gente rica estaba a la sombra; el pueblo lucÃa a los rayos del sol el variado colorido del traje andaluz.
En los grandes teatros donde brillan la Grisi, Lablache, la Rachel y Macready, la sala no se llena sino cuando le toca salir al artista favorito; pero la función bárbara que se ejecuta en este inmenso circo, no ha pasado jamás por semejante humillación.
Salió el despejo, y la plaza quedó limpia. Entonces se presentaron los picadores montados en sus infelices caballos, que con sus cabezas bajas y sus ojos tristes parecÃan (y eran en realidad) vÃctimas que se encaminaban al sacrificio[17].