La gaviota
La gaviota ¡Pobre don Pedro! Acaso fue malo, porque fue desgraciado. Su crueldad fue efecto de la exasperación; pero tuvo tacto mental, carácter enérgico y un corazón que sabÃa amar.
Stein, con la cabeza apoyada en las manos, recreaba sus miradas en el magnÃfico espectáculo que ante ellas se desenvolvÃa y respiraba con deleite aquella pura y balsámica atmósfera. De cuando en cuando un clamor prolongado y vivo le arrancaba a su suave éxtasis y afectaba dolorosamente su corazón. Era la griterÃa de la plaza de toros.
«¡Dios mÃo!, ¿es posible —se decÃa aludiendo a la guerra—, que a aquello lo llamen gloria y a esto —aludiendo a los toros— lo llamen placer?»