La gaviota
La gaviota —Creed, tÃo —contestó Rafael—, que tomamos la revancha. Es cierto que se prestan a ello admirablemente. Algunos vienen con el único designio de buscar aventuras, muy persuadidos de que España es la tierra clásica de estos lances. El año pasado tuve uno a cuestas, con esta monomanÃa. Era un irlandés, pariente de lord W.
—SÃ, ¡como yo del Gran Turco! —dijo el general aplicando su muletilla.
—El espÃritu del héroe de la Mancha —continuó Rafael— se habÃa apoderado de mi irlandés, a quien llamaré Verde ErÃn[21] por habérseme olvidado su verdadero nombre. Una tarde nos paseábamos en la plaza del Duque. El cielo se oscureció y estalló de repente una tormenta; yo traté de buscar abrigo, pero él siguió paseando porque tenÃa gana de experimentar una tormenta española. A las justas observaciones que le hice, de que iba a calarse hasta los huesos, contestó que todo lo que tenÃa encima era water-proof[22] el sombrero, el gabán, los pantalones, los guantes, las botas, todo. Le abandoné a su suerte.
—¿Es eso creÃble, Rafael? —dijo la condesa.
—Es más; es probable —dijo el general—; ningún inglés se va nunca a la cama sin haber hecho una extravagancia.