La gaviota
La gaviota —Tampoco: jamás he salido de mi pueblo sino para la universidad.
—¿Pero tendréis recomendaciones?
—Ninguna.
—¿Contaréis con algún protector?
—No conozco a nadie en España.
—Pues entonces, ¿qué tenéis?
—Mi ciencia, mi buena voluntad, mi juventud y mi confianza en Dios.
Quedó el español pensativo al oÃr estas palabras. Al considerar aquel rostro en que se pintaban el candor y la suavidad; aquellos ojos azules, puros como los de un niño; aquella sonrisa triste y al mismo tiempo confiada, se sintió vivamente interesado y casi enternecido.
—¿Queréis —le dijo después de una breve pausa— bajar conmigo, y aceptar un ponche para desechar el frÃo? Entre tanto, hablaremos.
El alemán se inclinó en señal de gratitud, y siguió al español, el cual bajó al comedor y pidió un ponche.
A la testera de la mesa estaba el gobernador con sus dos acólitos; a un lado habÃa dos franceses. El español y el alemán se sentaron a los pies de la mesa.
—Pero ¿cómo —preguntó el primero— habéis podido concebir la idea de venir a este desventurado paÃs?