La gaviota
La gaviota —¿Os gusta mucho Sevilla? —le preguntó la condesa.
—Bastante —respondió MarÃa.
—¿Y qué os parece la catedral?
—Demasiado grande.
—¿Y nuestros hermosos paseos?
—Demasiado chicos.
—Entonces, ¿qué es lo que más os ha gustado?
—Los toros.
Aquà se paró la conversación.
Al cabo de diez minutos de silencio, la condesa le dijo:
—¿Me permitÃs que ruegue a vuestro marido que se ponga al piano?
—Cuando gustéis —respondió MarÃa.
Stein se sentó al piano. MarÃa se puso en pie a su lado, habiéndola llevado por la mano el duque.
—¿Tiemblas, MarÃa? —le preguntó Stein.
—¿Y por qué he de temblar yo? —contestó MarÃa.
Todos callaron.
Observábanse diversas impresiones en las fisonomÃas de los concurrentes. En la mayor parte, la curiosidad y la sorpresa; en la condesa, un interés bondadoso; en las mesas de juego, o, como decÃa Rafael, en la cámara alta, la más completa indiferencia.
El prÃncipe se sonreÃa con desdén.