La gaviota
La gaviota —Considerad, tÃo —contestó la condesa—, ¡qué triunfo para nosotros, qué gloria para Sevilla, el ser la cuna de una artista que va a llenar el mundo con su fama!
—¿Como el marqués de la Romana? —replicó el general—, ¿como Wellington o como Napoleón? ¿No es verdad, sobrina?
—¡Pues qué, señor! —contestó la condesa—. ¿No tiene la fama más que una trompeta guerrera? ¡Qué divinamente ha cantado esa mujer sin igual! ¡Con qué desenvoltura de buen gusto se ha presentado en la escena! Es un prodigio. Y luego, ¡cómo se comunican de uno en otro el entusiasmo y la exaltación! Yo, además, estaba muy contenta, viendo al duque tan satisfecho, a Stein tan conmovido…
—El duque —dijo el general— deberÃa satisfacerse con cosas de otro jaez.
—General —dijo el tertuliano, que habÃa hablado antes—, son flaquezas humanas. El duque es joven…
—¡Ah! —exclamó la condesa—. No hay cosa más infame que sospechar o hacer que se sospeche el mal donde no existe. El mundo lo marchita todo con su pestÃfero aliento. ¿No saben todos que el duque, no satisfecho con practicar las artes, protege a los artistas, a los sabios y todo lo que puede influir en los adelantos de la inteligencia? ¿Además no es ella mujer de un hombre a quien el duque debe tanto?