La gaviota

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—Sabéis —repuso el otro— que como pintor de historia voy a Tarifa, con designio de pintar el sitio de aquella ciudad, en el momento en que el hijo de Guzmán hace seña a su padre de que le sacrifique antes que rendir la plaza. Si ese joven quisiera servirme de modelo, estoy seguro del buen éxito de mi cuadro. Jamás he visto la naturaleza más cerca de lo ideal.

—Así sois todos los artistas: ¡siempre poetas! —respondió el comisionista—. Por mi parte, si no me engañan la gracia de ese hombre, su pie mujeril y bien plantado, y la elegancia y el perfil de su cintura, le califico desde ahora de torero. Quizá sea el mismo Montes, que tiene poco más o menos la misma catadura, y que además es rico y generoso.

—¡Un torero! —exclamó el artista—, ¡un hombre del pueblo! ¿Os estáis chanceando?

—No, por cierto —dijo el otro—; estoy muy lejos de chancearme. No habéis vivido como yo en España, y no conocéis el temple aristocrático de su pueblo. Ya veréis, ya veréis. Mi opinión es que, como gracias a los progresos de la igualdad y fraternidad los chocantes aires aristocráticos se van extinguiendo, en breve no se hallarán en España, sino en las gentes del pueblo.

—¡Creer que ese hombre es un torero! —dijo el artista con tal sonrisa de desdén que el otro se levantó picado, y exclamó:


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