La gaviota
La gaviota La mar agitaba las olas de su seno, con la ira y violencia con que sacude una furia las sierpes de su cabellera. Las nubes, cual las Danaides, se relevaban sin cesar, vertiendo cada cual su contingente, que caía a raudales sobre las ramas, que se tronchaban, abriendo sus corrientes hondos surcos en la tierra. Todo se estremecía, temblaba o se quejaba. El sol había huido y el triste color del día era uniforme y sombrío como el de una mortaja.
Aunque la cabaña estaba resguardada por la peña, la tempestad había arrebatado parte de su techo durante la noche. Para impedir su total destrucción, Manuel, ayudado por Momo, lo había sujetado con el peso de algunos cantos traídos de las ruinas. «Ya que no quieras albergar más a tu dueño —le decía Manuel—, aguarda al menos a que muera, para hundirte».