La gaviota
La gaviota Todo el entusiasmo que hemos procurado bosquejar sin haberlo conseguido, se manifestaba una noche a la puerta del teatro, en un grupo de jóvenes que se esforzaban en comunicárselo a dos extranjeros recién venidos. Aquellos inteligentes no sólo encomiaron, examinaron y analizaron la calidad del órgano, la flexibilidad de garganta y todo lo que hacÃa tan sobresaliente el canto de MarÃa, sino que también pasaron revista de inspección a sus prendas personales. Otro joven, embozado hasta los ojos en su capa, estaba cerca de aquel grupo y se mantenÃa inmóvil y callado; pero cuando se trató de las dotes fÃsicas, dio colérico con el pie un golpe en el suelo.
—Apuesto cien guineas, vizconde de Fadièse (fa sostenido) —decÃa nuestro amigo sir John Burnwood (que no habiendo obtenido licencia para llevarse el Alcázar, pensaba en renovar la misma demanda con respecto a El Escorial)—, apuesto a que esta mujer hará más ruido en Francia que madame Laffarge; en Inglaterra, que Tom Pouce, y en Italia, que Rossini.
—No lo dudo, sir John —respondió el vizconde.
—¡Qué ojos tan árabes! —añadió el joven don Celestino ArmonÃa—. ¡Qué cintura tan esbelta! En cuanto a los pies, no se ven, pero se sospechan; en cuanto al cabello, la Magdalena se lo envidiarÃa.