La gaviota
La gaviota Vencida por el dolor, MarÃa se habÃa arrojado en una silla llorando. Pepe Vera habÃa desaparecido.
—¿Qué tiene? ¿Qué ha sucedido? —preguntaban todos los presentes.
—Me ha dado un dolor —respondió MarÃa llorando.
—¿Qué tenéis, señora? —preguntó el director, a quien habÃan dado aviso de lo que pasaba.
—No es nada —contestó MarÃa, levantándose y enjugándose las lágrimas—. Ya pasó; estoy pronta. Vamos.
En este momento, Pepe Vera, pálido como un cadáver, y ardiéndole los ojos como dos hornillos, vino a interponerse entre el director y MarÃa.
—Es una crueldad —dijo con mucha calma— sacar a las tablas a una criatura que no puede tenerse en pie.
—¡Pero qué!, señora —exclamó el director—, ¿estáis enferma? ¿Desde cuándo? ¡Hace un momento que os he visto tan rozagante, tan alegre, tan animada!
MarÃa iba a responder, pero bajó los ojos y no despegó los labios. Las miradas terribles de Pepe Vera la fascinaban, como fascinan al ave las de la serpiente.