La gaviota
La gaviota El duque, en su distracción, habÃa hecho un rollo del papel en que estaban escritos sus versos, que MarÃa no habÃa reclamado.
—¿Vais a hacer un cigarro con el soneto? —preguntó MarÃa.
—Al menos, asà servirÃa para algo —respondió el duque.
—Dádmelos y los guardaré —dijo MarÃa.
El duque puso en el papel enrollado una magnÃfica sortija de brillantes.
—¡Qué! —dijo MarÃa—, ¿la sortija también?
Y se la puso en el dedo, dejando caer al suelo el papel. «¡Ah! —pensó entonces el duque—, ¡no tiene corazón para el amor ni alma para la poesÃa!, ¡ni aun parece que tiene sangre para la vida! Y sin embargo, el cielo está en su sonrisa; el infierno, en sus ojos, y todo lo que el cielo y la tierra contienen, en los acentos de su soberana voz».
El duque se levantó.
—Descansad, MarÃa —le dijo—. Reposad tranquila en la venturosa paz de vuestra alma, sin que la importune la idea de que otros velan y padecen.