La gaviota
La gaviota MarÃa, indispuesta desde antes de ir a la cena, habÃa empeorado y tenÃa calentura a la mañana siguiente.
—Marina —dijo a su criada, después de un inquieto y breve sueño—, llama a mi marido, que me siento mala.
—El amo no ha vuelto —respondió Marina.
—Habrá estado velando algún enfermo —dijo MarÃa ¡Tanto mejor! Me recetarÃa una cáfila de cosas y de remedios y yo los aborrezco.
—Estáis muy ronca —dijo Marina.
—Mucho —respondió MarÃa—, y es preciso cuidarme. Me quedaré hoy en cama y tomaré un sudorÃfico. Si viene el duque, le dirás que estoy dormida. No quiero ver a nadie. Tengo la cabeza loca.
—¿Y si viene alguien por la puerta falsa?
—Si es Pepe Vera, déjale entrar, que tengo que decirle. Echa las persianas y vete.
Salió la criada y a los pocos pasos volvió atrás, dándose un golpe en la frente.
—Aquà —dijo— hay una carta que el amo ha dejado a Nicolás para entregárosla.
—Vete a paseo con tu carta —dijo MarÃa—; aquà no se ve y además quiero dormir. ¿Qué me dirá? Me indicará el sitio donde le llama el deber. ¿Qué se me da a mà de eso? Deja la carta sobre la cómoda y vete de una vez.
