La gaviota

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Capítulo XXIX

María, indispuesta desde antes de ir a la cena, había empeorado y tenía calentura a la mañana siguiente.

—Marina —dijo a su criada, después de un inquieto y breve sueño—, llama a mi marido, que me siento mala.

—El amo no ha vuelto —respondió Marina.

—Habrá estado velando algún enfermo —dijo María ¡Tanto mejor! Me recetaría una cáfila de cosas y de remedios y yo los aborrezco.

—Estáis muy ronca —dijo Marina.

—Mucho —respondió María—, y es preciso cuidarme. Me quedaré hoy en cama y tomaré un sudorífico. Si viene el duque, le dirás que estoy dormida. No quiero ver a nadie. Tengo la cabeza loca.

—¿Y si viene alguien por la puerta falsa?

—Si es Pepe Vera, déjale entrar, que tengo que decirle. Echa las persianas y vete.

Salió la criada y a los pocos pasos volvió atrás, dándose un golpe en la frente.

—Aquí —dijo— hay una carta que el amo ha dejado a Nicolás para entregárosla.

—Vete a paseo con tu carta —dijo María—; aquí no se ve y además quiero dormir. ¿Qué me dirá? Me indicará el sitio donde le llama el deber. ¿Qué se me da a mí de eso? Deja la carta sobre la cómoda y vete de una vez.


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