La gaviota

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Capítulo XXX

Seis meses después de los sucesos referidos en el último capítulo, la condesa de Algar estaba un día en su sala en compañía de su madre. Ocupábase en adornar con cintas y en probar a su hijo un sombrero de paja.

Entró el general Santa María.

—Ved, tío —dijo—, qué bien le sienta el sombrero de paja a este ángel de Dios.

—Le estás mimando que es un contento —repuso el general.

—No importa —intervino la marquesa—. Todas mimamos a nuestros hijos, que no por eso dejan de ser hombres de provecho. No te mimó poco nuestra madre, hermano, lo cual no te ha impedido ser lo que eres.

—Mamá, dame un bizcocho —dijo con media lengua el niño.

—¿Qué significa eso de tutear a su madre, señor renacuajo? —dijo el general—. No se dice así; se dice: «Madre, ¿quiere usted hacerme el favor de darme un bizcocho?»

El niño se echó a llorar, al oír la voz áspera de su tío. La madre le dio un bizcocho a hurtadillas y sin que el general lo viese.

—Es tan chico —observó la marquesa— que todavía no sabe distinguir entre el tú y el usted.

—Si no lo sabe —replicó el general—, se le enseña.


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