La gaviota
La gaviota Seis meses después de los sucesos referidos en el último capÃtulo, la condesa de Algar estaba un dÃa en su sala en compañÃa de su madre. Ocupábase en adornar con cintas y en probar a su hijo un sombrero de paja.
Entró el general Santa MarÃa.
—Ved, tÃo —dijo—, qué bien le sienta el sombrero de paja a este ángel de Dios.
—Le estás mimando que es un contento —repuso el general.
—No importa —intervino la marquesa—. Todas mimamos a nuestros hijos, que no por eso dejan de ser hombres de provecho. No te mimó poco nuestra madre, hermano, lo cual no te ha impedido ser lo que eres.
—Mamá, dame un bizcocho —dijo con media lengua el niño.
—¿Qué significa eso de tutear a su madre, señor renacuajo? —dijo el general—. No se dice asÃ; se dice: «Madre, ¿quiere usted hacerme el favor de darme un bizcocho?»
El niño se echó a llorar, al oÃr la voz áspera de su tÃo. La madre le dio un bizcocho a hurtadillas y sin que el general lo viese.
—Es tan chico —observó la marquesa— que todavÃa no sabe distinguir entre el tú y el usted.
—Si no lo sabe —replicó el general—, se le enseña.
