La gaviota

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—Eso es lo de menos, porque es mal pasajero —respondió Rafael—; pero tuve otro mal que empeoraba de día en día, y era el ansia por mi patria y por las personas de mi cariño. No sé si es porque España es una excelente madre o porque nosotros los españoles somos buenos hijos, lo cierto es que no podemos vivir sino en su seno.

—Es por lo uno y por lo otro, mi querido sobrino; por lo uno y por lo otro —repitió con una sonrisa de gran satisfacción el general.

—¡Es La Habana país muy rico!, ¿no es verdad, Rafael? —preguntó la condesa.

—Sí, prima —respondió Rafael—; y sabe serlo, como una gran señora que es. Su riqueza no es como la del que se enriqueció ayer, que a manera de torrentes, corre, se precipita y pasa, haciendo gran estrépito. Allí la opulencia mana blandamente y sin ruido, como un río profundo y copioso, que deriva sus aguas de manantiales permanentes. Allí la riqueza está en todas partes, y sin necesidad de anunciarse con ostentación, todo el mundo la ve y la siente.

—Y las mujeres, ¿te han gustado? —preguntó la condesa.

—Regla general —contestó Rafael—: Todas las mujeres me gustan en todas partes. Las jóvenes porque lo son; las viejas porque lo han sido; las niñas porque lo serán.


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