La gaviota

La gaviota

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—Ahí está Manuel —dijo entonces su mujer—. Venga usted conmigo, madre, que no quiero estar sola con él, cuando vea que hemos dado entrada en casa a un hombre sin que él lo sepa.

La suegra siguió los pasos de la nuera.

—¡Alabado sea Dios! Buenas noches, madre; buenas noches, mujer —dijo al entrar un hombre alto y de buen talante, que parecía tener de treinta y ocho a cuarenta años, y a quien seguía un muchacho como de unos trece.

—Vamos, Momo[3] —añadió—, descarga la burra y llévala a la cuadra. La pobre Golondrina no puede con el alma.

Momo llevó a la cocina, punto de reunión de toda la familia, una buena provisión de panes grandes y blancos, unas alforjas y la manta de su padre. En seguida desapareció llevando del diestro a Golondrina.

Dolores volvió a cerrar la puerta, y se reunió en la cocina con su marido y con su madre.

—¿Me traes —le dijo— el jabón y el almidón?

—Aquí viene.

—¿Y mi lino? —preguntó la madre.

—Ganas tuve de no traerlo —respondió Manuel sonriéndose, y entregando a su madre unas madejas.

—¿Y por qué, hijo?


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