La gaviota

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—Y gracias a esta caridad —añadió fray Gabriel—, cáteme usted aquí cuidando la huerta; pero desde que se vendió la noria, no puedo regar ni un palmo de tierra; de modo que se están secando los naranjos y los limones.

—Fray Gabriel —continuó la tía María— se quedó en estas paredes, a las cuales está pegado como la yedra; pero, como iba diciendo, ya no hay más que paredes. ¡Habrá picardía! Nada, lo que ellos dicen: «Destruyamos el nido, para que no vuelvan los pájaros».

—Sin embargo —dijo Stein—, yo he oído decir que había demasiados conventos en España.

La tía María fijó en el alemán sus ojos negros vivos y espantados; después, volviéndose al lego, le dijo en voz baja:

—¿Serán ciertas nuestras primeras sospechas?

—¡Puede ser que sean ciertas! —respondió el hermano.



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