La gaviota
La gaviota ¿Quién será, nos preguntábamos con curiosidad viva, desde sus primeros capítulos, quién será el FERNÁN CABALLERO que firma como autor esa preciosa novela, La Gaviota, que ha publicado recientemente El Heraldo? Bien conocíamos que ese era un nombre supuesto; bien conocíamos también que ese libro, en el que desde las primeras líneas respirábamos con delicia como un perfume de virginidad literaria, era producto de una inspiración espontánea y pura, y que nada tenía que ver con todas esas marchitas producciones, que la especulación lanza diariamente al público paciente, frutos apaleados, verdes y podridos al mismo tiempo. Pero, por otra parte, se nos hacía duro creer que el verdadero nombre encubierto bajo aquel seudónimo notorio fuese enteramente desconocido en la diminuta república —verdadera república de San Marino—, que forman nuestros literatos propiamente tales; y así íbamos pasando revista a todos los que la fama pregona con sus cien trompas, para entresacar de sus gloriosas filas el que mejor se adaptase a las dotes de la nueva producción. Ninguno nos satisfacía; revolviendo antecedentes, ningunos hallábamos que se ajustasen a aquel marco tan elegante y correcto; ningunos que justificasen aquel interés tan hábil y naturalmente sostenido, aquellos caracteres tan nuevos y tan verdaderos, aquellas descripciones tan delicadas, tan lozanas y tan fragantes —permítaseme la expresión—, que ora recuerdan el nítido pincel de la escuela alemana, ora la caliente y viva entonación de la escuela andaluza. Vese allí el dibujo de Alberto Durero realzado con el colorido de Murillo.