Quicksilver
Quicksilver Dairon la lleva entonces a un templo enterrado en lo profundo de las montañas. Allí, en la oscuridad, le revela parte de la verdad: Ajun era una puerta sellada por sangre de alquimista y magia Fae, hace siglos, para contener algo que ni los dioses se atrevieron a nombrar. Y ella, con su sangre híbrida, es la llave viviente.
—¿Por qué me lo cuentas? —pregunta Saeris, con la voz quebrada.
—Porque si no lo haces tú, lo haré yo. Y no sobrevivirás para ver lo que has desatado.
Y esa noche, entre visiones de fuego antiguo y memorias que no le pertenecen, Saeris entiende lo más aterrador:
Dairon no es solo su guía.
Él también es una parte del pasado que ha estado esperándola.
Muerte no camina con ella. Muerte la recuerda.
Las montañas de Yvelia guardan verdades que pueden quebrar la voluntad de los vivos. Saeris, al borde del abismo, se entera finalmente de lo que siempre temió: su linaje no es del todo humano. Su madre, alquimista. Su padre, un Fae exiliado. Y ella, mezcla imposible de ambos mundos, fue concebida para un propósito oculto. No fue el azar lo que la llevó al guantelete. Fue el destino, cuidadosamente tejido en la oscuridad.
