Sin rumbo

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XXII

Una hora más tarde, el oficioso interventor cruzaba la calle, subía las escaleras del Hotel de la Paz y llamaba a la puerta de Gorrini.

—Conozco, señor —empezó por declarar a éste muy serio, después de un expresivo y silencioso apretón de manos—, el desgraciado incidente de la tarde. Debo agregar que Andrés, muy prevenido contra usted, ignora por completo el paso que me he permitido dar. Si aquí he venido, es tan sólo obedeciendo a inspiraciones propias y en el deseo de evitar las deplorables consecuencias a que, mal interpretado, podría arrastrar un acto de su señora, impremeditado, indiscreto si se quiere, pero perfectamente correcto en sí mismo.

—¡Oh, señor! —hizo Gorrini muy digno, alzando el brazo en un elocuente gesto de protesta.

Sí, cierto, tenía mil veces razón, las apariencias condenaban a Andrés y a la Amorini y sin embargo nada más natural, nada en el fondo más sencillo ni más fácil de explicar, que lo que entre ambos había pasado.

La serenidad y la calma cuadraban bien en ciertas situaciones de la vida, la pasión solía ser un pésimo consejero, las cosas más vulgares y más simples bastaban muchas veces a poner de manifiesto lo que, en un primer momento, podía ofrecerse al espíritu ofuscado, afectando caracteres y colores muy diversos…


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