Sin rumbo
Sin rumbo Solari declaraba que la verdadera vÃctima era él.
Que el buen nombre de su teatro, la reputación de sus artistas, sufrÃa con todo aquello, que la historia, corregida y aumentada, corrÃa ya de boca en boca, que la compañÃa se desacreditaba a los ojos del público, y que quien, en fin de cuentas, salÃa perdiendo, era el empresario.
¡Para eso servÃan los amigos!…
Se preparaba a quebrar con Andrés, a recibirlo con una piedra en cada mano.
No querÃa saber más nada, tener tratos ni contratos con él; estaba cansado de que, de puro bueno, lo explotaran.
Inquieto y movedizo como una fiera enjaulada, esperaba a Andrés en la sala de la Empresa.
Al ver que, una vez terminada la función, salÃa éste con la prima donna, fue y se les puso por delante:
—¿Adónde van ustedes?
—A dormir —repuso Andrés—, supongo que ya es hora.
—¿AsÃ, juntos, los dos se retiran?
—¿Y de ahÃ, qué hay con eso?
—Quisiera decirle una palabra, Andrés —prosiguió con reserva el empresario—, ¿usted permite señora Amorini?…
—Faccia pure…
