Sin rumbo

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XXIV

Obedeciendo a un sentimiento de delicadeza y pundonor, siguió Andrés, arrastrando la cadena de sus amores, fue el amante titular de la Amorini durante el resto de la temporada, viviendo confesadamente con ella en el hotel.

La comunidad de esa vida, las mil pequeñas miserias de la existencia, palpadas en la estrecha intimidad de cada instante, desvaneciendo hasta la más remota sombra de una ilusión, poco a poco colmaron la medida, acabaron por operar en él una total transformación.

Una de esas hostilidades sordas, implacables, se declaró contra la artista en el ánimo de Andrés.

La indiferencia del principio, el cansancio, el empalago que el amoroso ardor de su querida llegara a producirle, inconscientemente se habían trocado al fin en una antipatía invencible, en una aversión profunda.

Era mala, ruin, ordinaria, vulgar.

Sin dotes, sin talento, sin esos arranques secretos y misteriosos del alma, sin esa exquisita susceptibilidad nerviosa que enciende la chispa inspiradora, el fuego a cuyo calor brotan y se abren bajo otro cielo las sensitivas sublimes del arte, cantaba como cantan los bachichas, por oficio, porque sí, probablemente porque habiendo abierto la boca un día, descubrió que tenía voz.

En «Lucrecia», se abocaba furiosa con Maffio y con los otros, al pronunciar la frase: «Nessuno in questa sala…».


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