Sin rumbo

Sin rumbo

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Los altos de diarios, alineados sobre la larga mesa de la sala de lectura, solían tentarlo alguna vez. Los abría, trataba de recorrerlos; pero bruscamente los hacía luego a un lado arrugando el papel con un gesto de impaciencia; se ocupaban sólo de política, y la política —un mercado de conciencias en la plaza de la República— le había inspirado siempre la repugnancia más franca y más cordial.

Daba orden de atar; llegaba hasta Palermo.

Aquel ridículo étalage, aquella rueda de gente en coche, yendo y viniendo, girando apeñuscada entre polvo, impensadamente despertaba en él la idea de un remolino de hacienda resabiada.

Los cocheros de bigote eran su bestia negra, no los pasaba, no los podía sufrir…

¡Canallas y todos tenían bigote!…

Se volvía.

A duras penas se arrastraba así hasta la hora de comer y de ir al teatro.

Durante la función, por verse libre de mirar a la Amorini y por no oírla, se metía en el escritorio de la Empresa; bebía cerveza y hasta fumaba negros con Solari.

Pero a Solari ahora le había dado por burlarse de él, lo miraba con cara de risa y le palmeaba familiarmente las espaldas, diciéndole: «Mi primo donno».


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