Sin rumbo
Sin rumbo Marietta:
Aborrezco las despedidas.
Jamás a nadie he dicho adiós. Ni aun a mi madre muerta, ausente yo de su lado.
Las reputo un inútil sufrimiento como un lujo de dolor, como enterrarse uno más una espina o un puñal.
Discúlpame, pues, si no mantengo la promesa que te hice de acompañarte hasta a bordo.
Sé feliz y trata de volver a juntarte con Gorrini.
Condenada a vivir rodando por el mundo como bola sin manija, te conviene un hombre. Aunque sea un hombre de paja como tu marido.
Mal acompañada, andarás siempre mejor que sola.
Perdona los disgustos que te he causado; mis genialidades, mis arranques, mis rarezas, y si algo te ha de quedar de mà en el corazón, trata de que sea un poco de lástima, antes que de aversión o de despecho.
¿Nos volveremos a ver?
¡Quién sabe!… Probablemente no…
«¡Y a los infiernos abanico, que se acabó el verano!», hizo Andrés como quitándose de encima un peso enorme.
Firmó, metió el papel junto con veinte billetes de mil francos en un sobre y llamó al sirviente:
