Sin rumbo
Sin rumbo Pasó la noche sentado sobre una silla en una de esas piezas de hotel de pueblo de campo, roñosas y pulguientas, mirando la cama con horror, hirviendo en chinches probablemente, sin querer acostarse ni aun vestido.
Al través de los tabiques de lienzo, llegaba hasta él el áspero ronquido del sueño de sus vecinos. Un olor acre a pucho de cigarrillo del paÃs habÃa filtrado por las grietas del papel, apestaba el cuarto, mientras remolineando en torno de su cabeza sin cesar, una nube hambrienta de mosquitos dejaba oÃr su chirrido exasperante.
Al alba, sin poder aguantar más, abrió la puerta.
Garuaba; un agua desmenuzada, en polvo, como bocanadas de vapor condensadas en la atmósfera.
Sin un relámpago, sin un trueno, en la tristeza gris de un cielo bajo y chato, las nubes pasaban corriendo del sudeste; hacÃa frÃo.
Los peones, llegados desde el dÃa antes del establecimiento de Andrés y levantados ya, se ocupaban en enganchar el carruaje, una especie de silla de posta ancha con pescante, tirada a cuatro caballos.
—¿Y, alcanzaremos a ponernos en el dÃa? —dijo Andrés dirigiéndose al que hacÃa cabeza.
