Sin rumbo
Sin rumbo Era grande su hijo, grande y poderoso.
Había vencido, había llegado, oprimía con orgullosa planta las alturas, las masas subyugadas lo endiosaban, tenía en su mano el cetro de los genios.
Y él, Andrés, su padre, lo contemplaba…
Pero incoherente luego, informe, como se borran las imágenes en un teatro de sombras chinescas, la luminosa visión se disipaba envuelta en las caprichosas redes de la fantasía y de la vaga y opaca nebulosa provocada por el sueño en el cerebro de Andrés, repentinamente un monstruo se desprendía.
Un monstruo horrible, un enano deforme, de piernas flacas y arqueadas, de cabeza desmedida, de frente idiota.
Los músculos tirantes, inyectadas las venas del pescuezo, como a extremo de reventar bajo la piel amoratada y fofa, en el enorme esfuerzo, un sonido inarticulado atinaba sólo a salir de su garganta, estridente, agrio, semejante al grito avieso de la lechuza.
Había una plaza… mucha gente.
El monstruo echaba a correr, se convertía en un chancho, retozaba, se perdía en el tumulto, entre las piernas de los hombres, bajo las polleras de las mujeres, y hombres y mujeres derribados por él, caían unos sobre otros, en montón.
