Sin rumbo
Sin rumbo Al tumulto de los ladridos, de esos ladridos ensañados y furiosos de los perros de campo cuando se acerca gente, los peones, desconfiando que algo extraordinario sucedÃa, se levantaron.
Varios bultos salieron, se asomaron de los ranchos, silenciosamente, entre la sombra, a ver…
Y mientras en la puerta de la habitación del mayordomo una luz aparecÃa, Andrés, rodeado de la jaurÃa, como llevándose todo por delante, pasó de galope y fue a sujetar en la misma entrada de su casa.
—¡Usted, señor! —exclamó al reconocerlo, acercándose Villalba. Y sorprendido de verlo as×: ¿Qué le ha pasado? —preguntó.
—Nada, qué me ha de pasar… que su gente es más amarga que los zapallos cimarrones, que me he azotado al arroyo y que me he salvado gracias a ramas…
—Pero ¿cómo?
—Eso, vaya y pregúnteles a ellos…
—A ver —prosiguió brutalmente después de un corto instante de silencio—, qué está mirándolo a uno ahà con la boca abierta… muévase y abra, que no me encuentro dispuesto a pasar aquà la noche.
Sin atinar en su asombro a explicarse lo que todo aquello significaba, el mayordomo azorado corrió a su casa, trajo un manojo de llaves y abrió:
—Hágame encender luz arriba y usted, tenga la bondad de esperarme —dÃjole Andrés al entrar.
