Sin rumbo

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XXXIII

Dos años después próximamente, en uno de esos días blancos de primavera, cuando la luz del sol se derrama como un inmenso riego y la savia fermenta en las fibras de las plantas, y en ese otro parto, al fin de esa otra gestación, revientan las yemas de los brotes, Andrés, recostado en el jardín de su estancia, junto a la entrada de la casa, acababa de cerrar el libro cuyas hojas recorría.

Sus grandes ojos azules no mostraban ya el resplandor triste y sombrío, que cual un reflejo fiel del estado de su alma, los cruzara en otro tiempo alterando la ingénita expresión de su mirada y, como al través de un agua muerta se ve el fondo, en la serena transparencia de aquellos ojos habría podido penetrarse el misterio encerrado en aquella alma.

Su hija se había acercado, agitada ella, nerviosa, conmovida, ofreciendo en su actitud un singular contraste con la inalterada calma de su padre.

En su carita trigueña de higo de tuna, perfecta como un perfil de Meissonier, sus ojos brillaban encendidos por la cólera, unos ojos grandes y azules también, de un azul de zafiro en la engarzadura negra de las pestañas:

—¡Papá, papá mío!

—Mi hija querida, ¿qué le pasa, qué dice usted?

Era una triste y lamentable historia:


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