Sin rumbo
Sin rumbo Y era eso, en medio de la felicidad de que gozaba, una alarma, una sorda aprensión, un miedo extraño, un vago y confuso terror al afrontar con la mente el porvenir, las mil vicisitudes del destino.
Pensaba en la triste condición de la mujer, marcada al nacer por el dedo de la fatalidad, débil de espíritu y de cuerpo, inferior al hombre en la escala de los seres, dominada por él, relegada por la esencia misma de su naturaleza al segundo plan de la existencia.
Y los viejos oráculos de Andrés, sus grandes maestros, Voltaire, Rousseau, Buchner, Schopenhauer, llegaban de nuevo a posesionarse de su espíritu, a reaccionar en él bajo la influencia de su antiguo escepticismo, del que no le había sido dado emanciparse por completo, del que algo había quedado en el fondo de su ser, como algo, algún vestigio queda siempre de todas las dolencias que labran profundamente el organismo.
¿Qué suerte correría su pobre Andrea, pagaría su deuda sufriendo ella también?
Su pureza, su gracia, su hermosura, todos esos pasajeros bienes de la edad florida, con que la naturaleza parece complacerse en enriquecer a la mujer a expensas de todo el resto de su vida, ¿de qué le servirían?
¿Algún ser digno, acreedor a poseerlos, algún hombre leal, honrado, bueno, iría a cruzarse por acaso en mitad de su camino?
