Sin rumbo
Sin rumbo Y, sinceramente, llegaba Andrés hasta hacer con Schopenhauer una calurosa apología, una defensa ardiente de la poligamia como institución humana, a encarecer su bondad, a suprimir con su auxilio una inmensa parte de los males inveterados en el organismo de las naciones cristianas.
La prostitución, esa asquerosa llaga del cuerpo social; la ilegitimidad de los hijos, esa irritante injusticia; el celibato de la mujer, esa absurda esterilización de fuerzas en las clases superiores, esa inhumana condena al más bárbaro de los presidios en las clases proletarias: cientos de miles de infelices desheredadas de la suerte, obligadas a arrastrar, para ellas y sus bastardos, una vida miserable de privaciones y trabajos.
Insensiblemente se dejaba luego llevar en el vuelo de sus ideas, se transportaba con el pensamiento al sagrario de los hogares musulmanes, invocaba el testimonio unánime de las mujeres europeas que habían sido admitidas a penetrar en esas moradas encantadas del amor sensual, cuya descripción hacía soñar con el paraíso de Mahoma.
Él mismo recordaba haberse sentido extrañamente impresionado al contemplar, una noche, a una de las mujeres del Khedive.
Era en el teatro del Cairo; ocupaba un asiento de orquesta, sobre el proscenio.