Sin rumbo

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XXXVII

Un calor sofocante había reinado todo el día.

Al ocultarse el sol y mientras soltaban del tendal las últimas ovejas esquiladas, se vio aparecer allá, en el horizonte, una mole enorme de sombras.

Parecía venir rodando por el campo, imponente, fantástica, monstruosa.

Súbitos resplandores la atravesaban, como llamaradas entre la espesa humareda de alguna inmensa quemazón.

Cambiaba de color. Era oscura primero, casi negra; luego azul, luego gris, de un gris suelo y terroso al acercarse.

De pronto, silbó el viento, los árboles crujieron, se sacudieron, una nube de hojas voló entre una nube de polvo; gruesas gotas salpicaron el suelo, sonaron como tiros en el techo de hierro del galpón, acribillado un momento después por la descarga incesante y furiosa de la lluvia.

Poniéndose los ponchos, tapándose con mantas, con jergas, con cueros de carnero, los peones, interesados y mensuales, a un grito de Andrés corrieron al palenque y subieron a caballo.


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