Sin rumbo

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XXXIX

Repentinamente, horas después, sintió que golpeaban a su puerta; se despertó en sobresalto:

—¡Andrés, Andrés!

—Qué… Entre, señora… ¿qué hay?

La tía Pepa acababa de abrir.

Pálida, turbada, demudado el semblante, se había acercado con una luz en la mano.

—No sé lo que tiene la chiquita, Andrés…

—¿La chiquita… cómo… qué dice…? Explíquese, hable, señora… ¿Qué hay?

—Se ha puesto ronca de pronto, muy ronca… yo no sé lo que será…

De un salto, sin dejarla continuar, se tiró Andrés de la cama, arrebató la luz de manos de la señora y, fuera de sí, aturdido, enajenado, sin comprender, sin discernir otra cosa sino que su hija estaba enferma, subió de a cuatro los escalones.

La encontró en la cama, sentadita, llorando.

Respiraba difícil, fatigosamente, como si el aire pasara al través de un velo por su garganta. La atacaban accesos bruscos de tos, de una tos dura y seca que parecía desgarrarle el pecho.

—¿Qué es eso, mi hijita? —exclamó precipitándose sobre ella—. Dime dónde te duele, ¿dónde tienes nana?

—¡Nana!…


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