Sin rumbo
Sin rumbo El sol, a plomo, quemaba, blanco como una bola de vidrio en un crisol.
Los pastos marchitos habían dejado caer sus puntas, como inclinando la cabeza agobiados por el calor.
Echados entre las pajas, entre el junco, en los cardales, al reparo, ni pájaros se veían.
Sólo un hombre, envuelta la cabeza en un ancho pañuelo de seda, iba cruzando al galope.
Los chorros de sudor de su caballo cabizbajo y jadeante regaban la rastrillada. El jinete llevaba las riendas flojas. De vez en cuando lo animaba castigándolo por la paleta con el rebenque doblado.
Después de largo rato de andar, junto a la huella, halló a su paso rodeada una majada.
Las ovejas, gachas, inmóviles, apiñadas en densos pelotones, parecían haber querido meterse unas entre otras buscando sombra.
A corta distancia estaba el puesto: dos piezas blanqueadas, de pared de barro y techo de paja.
A la izquierda, en ángulo recto, una ramada servía de cocina.
A la derecha, un cuadro cercado de cañas: el jardín.
En frente, entre altos de biznaga, un pozo con brocal de adobe y tres palos de acacio en horca sujetando la roldana y la huasca del balde.
