Sin rumbo
Sin rumbo El resto del día se siguió sin alteración notable en el estado de Andrea.
La fiebre persistía, elevada, intensa: la debilidad, la ronquera, la sofocación de la voz eran constantes, llegando a ratos hasta una afonía completa.
La niñita lloraba, hablaba, se quejaba; nada se percibía, ningún sonido hería el oído.
Pero estos accidentes se modificaban en los golpes de tos. La voz volvía, la respiración se despejaba, un alivio coincidía con la remoción de las secreciones catarrales que Andrea tragaba o arrojaba por la boca.
De tiempo en tiempo, le cauterizaba el médico la garganta, la obligaba a tomar una cucharada de bebida, un segundo vomitivo fue ordenado; la acción de la naturaleza era así secundada por el auxilio de la ciencia.
Pálido, abatido, desfigurado, acusando haber sufrido en pocas horas lo que sólo es posible sufrir en largos años, permanecía Andrés al lado de su hija, sin apartarse de ella un solo instante, sin querer salir del cuarto, rehusando alimentarse, reposar, dormir.
La tía Pepa empeñada en persuadirlo, en consolarlo, lo exhortaba.
¿Qué ganaba con afligirse así; sanaría por eso la chiquita?
Él mismo podía enfermarse y sería mil veces peor. Por ella, pues, ya que no en obsequio propio, debía mostrarse razonable.
