Sin rumbo
Sin rumbo Un momento se detuvo Andrés a contemplar la escena.
¡Era eso el orden, la decantada armonÃa del universo; era Dios aquello, revelándose en sus obras!…
Pero, bruscamente, tomando parte él también en la querella, entró a la casa, sacó su revólver y dejó tendido al perro de un balazo.
Luego, trepado al árbol con el auxilio de una escalera de podar que habÃa allà cerca:
—¡Pobrecito Bernardo, casi me lo han muerto! —dijo alargando a éste la mano suavemente.
A su contacto, el gato, ofuscado, dio vuelta y le metió las uñas.
—¡Canalla! —exclamó Andrés—. Esas son las gracias que me das, es asà como me pagas… ¡Pareces hombre tú!