Sin rumbo
Sin rumbo A eso de las diez de la noche, Andrés se apeaba en un bajo y ataba su caballo a unos troncos de duraznillos.
Era cerca del rancho de Donata.
Gaucho habÃa salido al trote, a recibirlo. Pero Gaucho no le ladraba ya; era su amigo ahora.
Medio arrastrándose por entre el pasto, agachando la cabeza y meneando la cola de alegrÃa, le lamÃa las manos, lo olfateaba.
Un momento después, ambos se dirigÃan a la casa.
El muchacho dormÃa tirado en la ramada.
Donata, prudentemente, sólo habÃa dejado abierta la ventana que miraba al lado opuesto. Andrés pasó por ésta y entró.
Un olor a claveles y mosquetas, con mezcla de malva y yerba buena, sahumaba la habitación.
Bajo la imagen santa y entre los dos floreros adornados con las flores del jardÃn, ardÃa una vela de sebo:
—¿Por qué has dejado luz?
—Por tata —contestó ella acurrucada entre las sábanas—. Siempre que se ausenta prendo una para que la virgen lo ampare.
