Sin rumbo
Sin rumbo —¿Qué mira? —dijo encogiéndose de pronto y llevándose el vestido hacia adelante.
—Lo que el público entero va a mirar… ¿Por qué me quiere privar a mà de lo que concede a todos?
—¡Oh! El público… el público no me importa… el público no es nadie por lo mismo que son todos. Sola aquà con usted, es otra cosa… no puedo… me da vergüenza… —hizo la artista mimosamente, con una graciosa mueca de infantil coqueterÃa.
La puerta acababa de abrirse empujada con violencia:
—Marietta, Marietta mÃa, —entró diciendo muy afligido Gorrini— van a alzar el telón, ¿estás ya pronta?
—SÃ, estoy pronta ya, di que pueden empezar, que voy al instante —repuso aquélla despidiendo con un gesto al primo donno.
Luego, mientras delante del espejo, emocionada y nerviosa, daba el último toque a los detalles de su toilette:
—¿Va a su palco?
—Cómo no.
—SÃ, sÃ, vaya, lo miraré, su presencia me dará valor… Aunque, no, —cambió después bruscamente—, quédese, voy a cantar muy mal, lo siento; no vaya, le suplico, si me silban no quiero que esté usted.