Sin rumbo

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Los aplausos de unos pocos saludándola, habían sido sofocados por un «¡pst!…» imponente, universal que sonó en el ámbito de la sala como si abriéndose las puertas, la hubiese cruzado de pronto una gran ráfaga de viento.

Tentado de mortificar al empresario, de divertirse un momento a costa de éste meciéndolo:

—¡Hum! —empezó Andrés con un gesto de mal augurio—. Parece que el aumento de precios va haciendo su efecto…

—¿Quieren que me arruine, entonces, que yo no viva? ¡Quieren que les dé la crema de los artistas y no los quieren pagar!…

—También tiene razón usted en lo que dice… Pero vaya a hacerle entender razones al público… No le entran ni a garrote; lo sangran y se enoja.

—Que me subvencionen… ¡ésta es la cosa!…

—Claro.

—Natural…

—Ahí van a concluir… —siguió Andrés llamando la atención del empresario y aplicando el oído a los ecos perdidos de la escena— aguarde… a ver si aplauden.

Nada. Hubo un silencio helado, sepulcral.

—¡Francamente, yo soy furioso! —exclamó Solari clavando los ojos en el techo y tirando con rabia el pucho de su negro.


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