Sin rumbo
Sin rumbo Se empeñaba en desafiar a Gorrini:
—Pues señor, ¡esto sà que está gracioso, le soplas un par de bravos cuernos y, como si no le bastara al infeliz, pretendes ahora agujerearle el cuero! —dijo uno de los de la rueda, el conocido más viejo y más Ãntimo de Andrés, una antigua camaraderÃa de colegio.
—¡Hágame usted el favor —continuó dirigiéndose a los otros, afectando tomarlo a risa y a juguete—, bonito papel iba a hacer su excelencia, lucido iba a quedar saliendo a romper lanzas en descomunal combate, nada menos que con todo un señor primo donno!… No te faltaba otra cosa para acabar de acreditarte ante el respetable público… Hombre, hombre, si eso ni decente es, ni serio, ni racional siquiera.
—Me tiene caliente el italiano.
—¿Has comido?
—No.
—Claro, pues, estás hablando de hambre… Atempérese S. E., tome asiento, coma y déjeme hacer. Ya verás cómo sin necesidad de que corra ni tampoco una sola gota de sangre, te arreglo yo el negocio en tres por cuatro. Gorrini es mi grande y buen amigo; respondo de todo.
—Aquà no hay más arreglo ni más nada que romperle el alma al tipo ese.
